“Salir de la zona de confort”: lo que no nos cuentan

“Sal de la soma de confort”, te dicen en tono suave. Sí, ellos. Los de los libros.

Llaman “zona de confort” al conjunto de actitudes, escenarios y comportamientos en los que una persona se mueve y se ve tranquila y segura, bien porque esté acostumbrada a ellos o bien porque los domine. La seguridad que esta zona proporciona es tan grande que hay gente que asume que no hay vida más allá de ella, y por tanto, se pierde buenos momentos simplemente por miedo a cambiar. También hay gente que da todo por sentado en la zona de confort y asume que nada cambiará nunca, porque sí. Sin embargo, triste es ver a muchos de ellos al final de sus días pidiendo perdón a la vida por haberla condenado a ser monótona o sin sentido, o por verse en un momento de su cronología completamente solos por haber hecho con sus actos apología del “yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré”.

La zona de confort tiene cosas buenas, no he venido aquí a ponerlas en entredicho. Cuando un modus operandi va bien y es bueno, lo más sensato es mantenerlo. Lo malo viene cuando el estilo de vida ha dejado de satisfacer o se ha convertido en fuente de frustración, pero el cambio no se produce porque uno se ha habituado a vivir atrapado en lo desagradable. Eso, aunque no se quiera admitir, es comodidad (pereza en versión ligera), y vivir toda la vida sobre ese tipo de confort  es un rollo.

Por ello, entre otras cosas llevan tiempo animándonos a salir de la zona de confort y meternos en la zona de no experiencia para aumentar posteriormente nuestras habilidades y por ende, progresar. Y les hacemos caso, por qué no.

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Salir de la zona de confort da miedo, hay que reconocerlo. Este gatito es la mejor ilustración | La maravillosa galería de Twitter de @tonidesconocido

Nadie duda de que ampliar la zona de confort es excelente; no obstante, a mí no me consta que alguno de esos animadores avisara de que la vida fuera de la zona de confort al menos al principio, es de todo menos cómoda. De hecho, la mayoría de las veces es tan incómoda que muchos no aguantan la incertidumbre y regresan a la zona de confort —zona de la que en su día huyeron, ojo— para al menos poder estar en un sitio conocido.

Cambiar de vida es más incómodo que difícil, diría yo que la dificultad de cambiar reside en la incomodidad que el cambio en sus primeros momentos acarrea. Siguiendo a esto, hay momentos en los que el grado de confusión es tan grande que uno no sabe siquiera si está haciendo algo bien, y la idea del arrepentimiento sobrevuela la cabeza. ¿Qué hacer? Primero, considerar que cuando uno decide cambiar, lo hace desde la más completa sinceridad, sin segundas intenciones o algún sucio interés. Entonces uno puede ser coherente con la sinceridad hacia sí mismo y cuestionar correctamente los miedos o prejuicios que la retienen. Por la sencilla razón de que al principio la sensación de vulnerabilidad es apabullante, pero más fuerte es el deseo de mejorar.

Habrá… esperando no decir alguna grosería, que ponerse ante del espejo desnudos y sin meter tripa o posar sexy. Cosa sencilla, pero no fácil. Pero ese acto de valentía no queda sin recompensa, porque los buenos resultados del cambio una vez realizado superan con creces la incomodidad que en los primeros momentos siguió a ese atrevimiento.

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