El amor ha dejado de ser como en las películas de Disney

Incluso en las películas de Disney

(si alguna vez fue como en las películas, claro)

La última película de Disney, Frozen, ha ganado en mi opinión un merecido Oscar. Si yo fuese la jueza que diera el premio, lo haría por la historia, puesto que Disney ha (por fin) roto con su propia línea y está empezando a buscar enmendar el “daño” que ha hecho a las niñas que ahora son mujeres y culpan a Disney de sus altas expectativas respecto a los hombres.

Yo también confieso que culpo a Disney. Cuando una niña es pequeña y en las películas le meten en la cabeza la idea de que la felicidad absoluta llega cuando un príncipe encantador, limpio, de voz seductora y pelo suave, cuerpo Adonis y otras cualidades maravillosamente se topa contigo y te rescata de todos tus problemas, es normal que de mayor el concepto de “relación feliz” se asocie directamente a “relación de princesa Disney”. Y la culpa no es de las niñas o de las mujeres, que conste. Que nadie me niegue que a día de hoy, 2014, hay muchos problemas en las relaciones porque muchos esperan eso; cientos de libros se han escrito intentando arreglar lo que creo que Disney estropeó en el subconsciente. Además, la faena que hizo Disney ha sido rematada por cientos de películas de Hollywood cuyo guión seguramente ni los propios actores se creían.

Dreamworks con Shrek —una de mis películas favoritas— parodió al príncipe azul encantador y demostró que el príncipe guapo no necesariamente es el bueno. Y ahora, sin la intención de estropear la trama para quienes no hayan visto la película, en la última producción de Disney tenemos a una princesa tan desesperada por tener una relación como la de sus compañeras princesas, que se compromete con un hombre al que acaba de conocer porque éste es un limpio y aparentemente perfecto príncipe… y con labia. Más adelante le comunicarán, para su inadmitida decepción, que es posible que después no le guste el chico porque se coma los mocos de la nariz o coma de una forma que a ella no le guste. Y un tiempo más tarde se llevará el chasco de su vida porque el príncipe que deberá demostrarle amor verdadero le echará en cara que no la quiere y que le siguió el rollo por interés y porque ella estaba desesperada.

Anna & Kristoff, los verdaderos protagonistas de la película. Kristoff alucinó más que yo al saber que ella se había comprometido con un príncipe al que ni conocía. Yo recomiendo esta película | Foto de internet

Anna & Kristoff, los verdaderos protagonistas de la película. Kristoff alucinó más que yo al saber que ella se había comprometido con un príncipe al que ni conocía. Yo recomiendo esta película | Foto de internet

Eso duele. De todas formas, la película acaba bien, como toda película de Disney. Curiosamente, el acto de amor verdadero que salvaría a la princesa no resultó ser el típico beso, sino algo que ni yo me esperaba. He visto Frozen a mi edad, no sé qué pensaría la Esther de siete años al verla; tampoco sé qué tendría en la cabeza actualmente si a los siete años los guiones de las películas de princesas fueran como el guión de Frozen.

¡Gracias por leer!

PD: De momento, el daño que en mí ha hecho Disney lo ha compensado el grupo de bestias de mi gimnasio.

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