Vanidad de vanidades,

(¡Hola!)

Mistic no se lo podía creer. En torno a un edificio famoso de Madrid se había formado una cola de más de 100 metros cuya razón era un concierto de músicos de la calle. Yo me había cruzado con varios músicos a lo largo del día, y la gente que estaba en esa fila también…
No obstante, esa gente pagó y se arregló para ver a músicos que cuando están en la calle ni siquiera miran.

Si esto no es una paradoja díganme qué es.

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Cuenta la leyenda que un violinista famoso de esos que tocan en violines Stradivarius en lugares elitistas se puso un día en una calle para ver qué tal se le daba. Pues el hombre pasó el día entero tocando sin pena ni gloria. Luego cuando se fue a su auditorio contempló cómo se pagaba 10 veces más por asiento para oírle que lo que había recolectado el día que tocó en la calle. ¡Y era la misma música! ¡Con el mismo violín! ¿Qué nos pasa? Parece que necesitamos un escenario para saber valorar las cosas, o algo que nos envuelva y os diga “aprecia esto porque está aquí, este es el escenario de apreciación”. De ser esto así, estamos ante el riesgo de que los escenarios nos engatusen, quiero decir, que pongan algo de dudosa calidad en un escenario bonito y engañoso, la gente se vuelque en ello, y acabe imaginándose lindos ropajes en reyes desnudos.
Qué digo, ya lo hacen. Y así nos va. Pero como profundicemos demasiado en esta cuestión tanto en un sentido como en otro nos vamos a enredar mucho me da a mí.

¡Gracias por venir!

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