POR QUÉ CORRO.

Prefacio: cuando cambias de vida sin saberlo muy bien.

No soy Murakami ni Valentí Sanjuan, aunque ambos hayan escrito un libro hablando de correr y les tenga a los dos en un pedestal. Objetivamente me veo como una chica que está escribiendo su libro (el de su vida). Y escribo este post desde el más profundo respeto, sin querer dar lección alguna o mostrarme como una pro en algún arte. Empecé a correr antes de que el running se convirtiera en un fenómeno incluso para mí, o sea, cuando ni sabía eso de las zapatillas de correr, los tipos de pisada, el umbral anaeróbico o que un día entrenaría para una media maratón. Empecé a correr cuando quien me veía, veía a una chiquilla solitaria corriendo y en casa resultaba completamente inofensiva. Cuando empecé, corría porque me iba bien, sin ningún medidor de kilómetros ni pulsómetro (aún no lo quiero). Sólo recuerdo que dejé el body combat, cogí unas zapatillas normales y salí.

Un inciso ¿vale? En el colegio e instituto en educación física las pruebas de resistencia me hacían sufrir. Sufrir. Ni con música. Mis compañeros me animaban con un “¡tienes una cara de que te fueras a morir!”. Ninguno de mis profesores me veía futuro. Ya, yo tampoco. Lo mejor que recuerdo de ahí fue una profesora que tuvo piedad y un día, mientras respiraba a trompicones me enseñó a respirar mientras se corre.

Las mayores lecciones que aprendes en la escuela están fuera de los libros de texto | Foto de internet

Las mayores lecciones que aprendes en la escuela están fuera de los libros de texto | Foto de internet

Falta decir por qué empecé a correr entonces.
No me acuerdo.
Tampoco recuerdo el día exacto. Sé que ya van 3 años.

El primer año, tras superar el complejo de los años en el instituto —”apoyar la escalera en la pared correcta”— salía a correr de vez en cuando, para desestresarme. El segundo año ya estaba aprendiendo algunas cosas, y corría más a menudo, con unas zapatillas de correr negras de marca NISU en cuya suela estaba parte del mapa de París. No obstante, el tercer año fue cuando me comprometí y vi la línea entre “a girl that runs” y “a runner”. Pasé de “correr cuando tenía tiempo” a incluir los entrenamientos en mi plan.

En esos momentos en los que estaba conmigo misma, no era mi corazón el único que se hacía más grande, sino que yo también iba subiendo, sobre todo en este último año. Asumí valores que, de ser extrapolados al resto de facetas producen más beneficios que cualquier terapia. Cuando pasé a suponer un peligro me preguntaron por qué hacía este “esfuerzo innecesario” cuando andar o el yoga eran menos agresivos y mejores, también por qué corría si ya estoy en forma. Los juicios, sin ánimo de ofender, venían de gente sedentaria que en muchos casos suponía que con estar delgada ya está el cielo ganado, por tanto no hace falta que diga qué pasaba con esas opiniones.

Respetando sinceramente a los bodybuilders declaro que (físicamente) hay varios tipos de fuerza: la que actualmente admiro más es la capaz de llevar a cabo un esfuerzo durante un tiempo prolongado en una prueba inmisericorde como una media maratón o una maratón. Correr 21 o 42  kilómetros es cuestión de resistir horas, y llega un momento en que uno se cansa y el esfuerzo lo hacen el cuerpo, la mente, las entrañas… ni la powersong tira de ti, oye.

Normalmente la gente dice que hay que “correr para estar en forma”. Pero un día el axioma se invierte, pasa a ser “estar en forma para correr”. Quien corre en serio sabe lo que digo. Mi nivel está lejos de ser bueno, novata yo, aunque estoy más que feliz con mis 54  pulsaciones por minuto en reposo, que entre otros resultados de la prueba de esfuerzo demuestran que todo lo que lees es verdad. Este post y el que viene tal vez no sean gran cosa, pero al menos son lo que he aprendido desde dentro, a título estrictamente personal, y una explicación de lo que soy hoy como persona.

Gracias por leerme. Espero que me entiendas.

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3 Respuestas a “POR QUÉ CORRO.

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