Bienaventurados los autoexigentes.

No creas que este texto es otra invitación al carpe diem, porque te diré que too much carpe diem degenera en una mediocridad que mata, como he defendido en varios artículos.

Buscar imprimir un sello de calidad a todo lo que se hace es una virtud, indudablemente. Sabemos que por un lado la autoexigencia es la noble lucha contra la mediocridad, y a esa lucha le debemos la vida. Y precisamente como virtud tiene dos caras que hay que ver.

1 . Vivir sólo una cara de la autoexigencia es sufrir.

Gente ha muerto precisamente por eso. Y por ese motivo también los hay resignados a la idea de que su virtud es un defecto.

—Hay gente que se vive presionada por sí misma porque siente que tiene que dar una imagen.
—¿Pero eso no es bueno? Ojalá hubiera más autocrítica.
—Ojalá, sí, pero también ojalá la gente autoexigente no se quedara atrapada en la imagen que cree que tiene que dar siempre.

La imagen que tiene que dar. Siempre. Porque tiene expectativas nobles sobre sí misma, qué tendrá eso de malo. También hay que dar la talla. Hay que ser competente, inteligente, X, si uno lo es, es cuestión de coherencia: aquí no estamos fingiendo nada. Hay que estar a la altura, hay una reputación que mantener… Y uno siente esa presión que paraliza. Y que al final, aunque seas una super estrella en tu punto fuerte, te deja revolcándote en la inseguridad.

—Estoy en un momento en el que conforme gano experiencia hablando en público, más presión siento. Al final me da miedo hablar… No quiero decepcionar.

“No quiero decepcionar (tengo unas expectativas muy altas)”. Y las expectativas altas engendran una presión que bien me atrapa a la imagen que tengo de mí mismo, o me encadena a la imagen que creo que los demás tienen de mí. Ese es el lado oscuro de la autoexigencia: al final se puede acabar más centrado en mantener la imagen de calidad que en el hecho de crecer en sí —y ojo, “crecer” incluye desarrollarse en más áreas—. Y al final uno no se atreve a hacer dar un paso porque teme no superar el hito de “calidad” anterior.

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La Libertad iluminando el mundo | Foto de Fabian Fauth (unsplash)

2. La virtud oculta de la autoexigencia empieza por asumir que en ciertas áreas de la vida, pese al carácter y demás, uno no tiene que dar ninguna imagen. 

La virtud oculta de la autoexigencia continúa al centrarse en crecer realmente, y forcejear contra la presión interna de tener que —esa presión  que hace que curiosamente las críticas duelan tanto—. Pese a la tendencia de intentar extrapolar a todas las áreas la imagen que uno tiene sí mismo porque en un área concretamente se siente seguro, liberarse de esa presión es el primer paso para ser autoexigente y feliz.

 ¿Cómo? Primero cuenta con que a veces tu deber no es demostrar, sino descubrir, incluso donde tradicionalmente has creído que debes demostrar. Pienso que ese es, como dicen en inglés, el siguiente nivel: cuando uno se libera del tener que dar la imagen rígida de pro siempre y se permite verse, desde el desprendimiento del propio orgullo, como un aprendiz.

Yo no creo en los “hay que acabar con la autoexigencia, no pasa nada”. Hay que ser  exigente para aportar la máxima calidad,  siempre. No obstante, también hay que serlo para forcejear con una idea incompleta que induce un sufrimiento innecesario. De modo que asume esa virtud completamente, no solo por el lado que tiende a oscurecerse; sé autoexigente también para permitirte crecer con humildad y respeto propio. 

Bienaventurados los autoexigentes, pues ellos tendrán una vida más completa.

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Una respuesta a “Bienaventurados los autoexigentes.

  1. Pingback: El poder de las personas coherentes | Dandelion's·

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